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Este mensaje es para alertar a mis estudiantes y a la comunidad en general a que se cuiden de los estafadores de oficio, existen personas dentro de la universidad que se valen de decir que son amigos de los profesores para estafar a los estudiantes y quitarles dinero para aprobar la asignatura todo esto a espaldas del profesor. En el semestre que recién finalizo varios estudiantes en distintas secciones de matemáticas fueron estafados y con este mensaje quiero evitar que esto continué.

No se dejen estafar, mi asignatura no se vende.

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BIENVENIDOS QUERIDOS ESTUDIANTES DEL SEMESTRE I-2014

 ¿Qué significa ser un buen profesor?

Un buen profesor no se define por su actividad sino por el sentido que da a ella. Si tomamos el vocablo en su acepción originaria para ser un buen profesor solo bastarí­a saberse expresar adecuadamente, el profesor es aquel que expresa ante un público, el que da fe de su conocimiento y es capaz de traspasarlo.

Pero hemos visto que tal es una mirada limitada del que hacer docente. No basta con saber de un tema si soy incapaz de enseñarlo. La docencia va más ligada al cambio de la persona que recibe la enseñanza que a la capacidad de uno de expresar un concepto. Muchos hemos pasado por experiencias universitarias en que abogados, arquitectos o médicos intentan dar cuenta de su saber, siendo incapaces de entregarlo en forma clara y sencilla.

Es por esto que prefiero la palabra educador antes que profesor. Educar implicar dirigir, orientar, facilitar un cambio en la persona del otro. Lo intelectual se supedita aun interés mayor: la capacidad de desarrollar la vocación de otro. El educador es aquel que dispone su vida, sus acciones al servicio de otro. Es un servidor, quizás en su sentido originario, de ayuda, de solí­cita compañía. Sin embargo no es un sirviente, no pierde su vida en ayudar y en la felicidad ajena. No se diluye en exigencias ajenas olvidándose de si­. Antes bien, encuentra su propia felicidad y realización en esa donación al otro. No hay dicotomí­a entre el educador y el educando, hay complementariedad, la felicidad de uno se desarrolla con la del otro.

He aquí una primera característica de un buen profesor: es alguien feliz. El educar es un acto humano, un acto que se realiza entre dos voluntades que buscan cada una su propia finalidad y que desean en la consecución de ese fin su propia realización. La felicidad es el fin que persigue toda persona humana, en este caso se visualiza y expresa con el desarrollo de la propia vocación. El profesor es aquel que encuentra en su propia vocación el facilitar el encuentro de otro con su propia vocación. Para ello es indispensable que el profesor tenga conciencia de la valí­a de su misión, pues de otra forma el error se convierte en la muerte de los sueños del otro.

El profesor es alguien autónomo. Segunda característica. Entiendo por autonomí­a lo que planteaba Kant en su visión ética. Autonomí­a no significa independencia extrema, ni tampoco falta de toda regla o norma, sino más bien implica la capacidad de desarrollar una voluntad propia que permita tomar decisiones por sí mismo. Aprender a actuar sabiendo que de mis actos otros se verán implicados y así­, sin tener que recurrir al temor de sanciones ajenas, actuar pensando y poniéndome en el lugar de todos. La persona autónoma no es un egoí­sta egocéntrico que no sabe que los demás existen, sino aquel que reconoce que su existencia es más llevadera con la compañía y apoyo de otros. Si un docente es autónomo enseñará a los alumnos a descubrir su propia autonomí­a y crecer siendo fieles a sus propios principios e ideales y no movido por sus caprichos y deseos egoístas e infantiles.

Sin embargo, no nos engañemos, la autonomí­a no se logra desde la espontaneidad. A veces confundimos la libertad con la total independencia de normas y reglas, sin darnos cuenta que si las reglas existen es precisamente para educar nuestra libertad. Por ello es que es preciso reconocer una tercera característica del docente: es alguien disciplinado. El profesor esta para educar, para cumplir con el rol social que permitir que las generaciones más jóvenes logren ajustarse a los requerimientos de la sociedad en que estén. Por ello es que el docente no puede perder de vista el apego a normas de convivencia que permitan que los jóvenes eduquen su libertad. No se trata de imponer una obediencia ciega a normas y principios sino enseñar a respetar esas normas por lo valioso que contienen tras de sí. Educar la autonomía supone ayudar a decidir, enseñar a elegir entre lo que se debe hacer y lo que no se puede hacer. Pero para ello es preciso alentar una voluntad firme y constante. La disciplina ayuda a mantenerse fiel en la elección ejecutada, a continuar en la senda que ya se eligió. Sin disciplina las personas se vuelven inconstantes, temperamentales, pequeños bipolares morales que son incapaces de mantener la palabra ofertada o la promesa entregada.

Por último, me parece que estas acciones desde el plano ético se fortalecen mas cuando quien las emite es alguien capaz de fascinar y atraer la atención de sus alumnos. Por ello es que creo sinceramente que la mejor forma de enseñar y educar a los alumnos es cuando el profesor se muestra a sus alumnos como alguien con autoridad. Pero me refiero a esa autoridad que surge de quien posee experiencia, de quien enuncia verdades basadas en hechos o conocimientos que ha adquirido en su vida. Un profesor debe ser culto. Debe de potenciarse ante sus alumnos por la fuerza de sus vivencias que le convierten en un referente válido y digno de imitar. El mejor ejemplo no se da en acciones estereotipadas o en un discurso lleno de cliché sobre lo correcto, sino en una personalidad que trasciende y que se hace interesante para sus alumnos. La cultura le permitirá al docente ampliar la mirada de sus alumnos, ayudarles a reconocer que existen otras formas de actuar, mejores y más éticas que lo que ya hacen. Un alumno no se acerca a la universidad a repetir lo que ya sabe, sino a ampliar su horizonte, solo un profesor con el conocimiento y la sabiduría propia permitirán responder  a esta necesidad vital.

Un profesor por tanto debe dejar de ser un mero instructor de contenidos para convertirse en un pleno educador, en un servidor de las vocaciones ajenas.

 

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